El porcentaje de «salud» que muestra un SSD en el software del fabricante o en CrystalDiskInfo solo mide el desgaste teórico calculado a partir de los Terabytes Escritos (TBW), sin tener en cuenta errores de integridad ni fallos térmicos, eléctricos o de firmware que pueden acabar con la unidad mucho antes. Los datos S.M.A.R.T. que aparecen debajo de esa cifra son los que de verdad reflejan el estado físico del disco.
El cálculo del porcentaje de salud resta del límite total de TBW lo que habéis escrito hasta el momento y proyecta cuánto os queda antes de agotarlo. Sirve para detectar un desgaste anómalo si vuestra carga de trabajo se dispara de un mes a otro, pero es ciego ante cualquier otro tipo de problema: una unidad con muy pocos datos escritos puede arrastrar errores de integridad o fallos térmicos que la conviertan en un lugar poco seguro para vuestra información, y ese 95% o 100% que veis en pantalla no os va a avisar de ello.
Qué mirar en los datos S.M.A.R.T. más allá del porcentaje
Por debajo del indicador general de salud hay una serie de valores S.M.A.R.T. que reflejan mejor el estado físico del disco. Los dos que de verdad importan son «Media and Data Integrity Errors» y «Critical Warning«.
El primero cuenta las veces que el sistema de corrección de errores del SSD no logró arreglar un fallo de lectura o escritura. Si ese número es distinto de cero, las celdas físicas ya se están degradando, algo que el porcentaje de salud general nunca refleja. El segundo, «Critical Warning», agrupa esos mismos errores de integridad junto con el espacio de reserva disponible (las celdas libres que sustituyen a las que se estropean) y los umbrales de temperatura. En cuanto cualquiera de estos dos campos deje de mostrar un cero, toca hacer copia de seguridad sin demora: si la unidad sigue en garantía podéis tramitar el RMA, y si no, lo razonable es reservarla para un equipo secundario donde no guarde nada importante o retirarla directamente.
Temperatura y alimentación: factores que el porcentaje no ve
Las condiciones de trabajo del disco pesan tanto como el desgaste acumulado en TBW. Las unidades PCIe 4.0 y PCIe 5.0 mueven mucho más ancho de banda que las generaciones anteriores, generan más calor y conviene mantenerlas por debajo de los 70-75 grados centígrados bajo carga para que funcionen con seguridad.
Usar el disipador que trae la placa base, cuidar el flujo de aire del chasis y mantenerlo libre de polvo mejoran la refrigeración pasiva del SSD sin necesidad de comprar accesorios adicionales. Los picos de tensión son otro enemigo silencioso del almacenamiento flash: un corte de luz repentino puede corromper datos en pleno proceso de escritura o dañar de forma irreversible los componentes electrónicos de la unidad. Un SAI con protección contra sobretensiones cubre ambos frentes a la vez (los cortes de suministro y los picos de tensión), algo que una simple regleta protectora no consigue por sí sola.
Costumbres que acortan la vida del SSD
Tratar un SSD de consumo como si fuera una unidad de servidor acelera su final. Ejecutar máquinas virtuales y contenedores de forma constante, usarlo como disco de trabajo (scratch disk) para proyectos pesados o mantenerlo lleno hasta el borde provoca amplificación de escritura: el controlador se ve obligado a mover, reorganizar y reescribir bloques de datos una y otra vez para hacer sitio a la nueva información, lo que multiplica el número real de escrituras respecto a las que vosotros solicitáis.
Ese exceso de escrituras internas desgasta las celdas NAND mucho antes de lo que indicaría un uso normal, y es exactamente el tipo de comportamiento que el porcentaje de salud no penaliza hasta que el daño ya está hecho. Evitar estas cargas de trabajo en un SSD pensado para uso doméstico, junto con la vigilancia periódica de los valores S.M.A.R.T. que hemos comentado, es la combinación más fiable para que la unidad cumpla la vida útil que promete el fabricante.
