Ubuntu exige cada vez más hardware, y su entorno GNOME ya requiere un mínimo de 6 GB de RAM para moverse con soltura. En un portátil con varios años de uso, esa exigencia se nota en cada clic. Cambiar el escritorio a Cinnamon no solo alivia esa carga: cambia la forma de trabajar con el sistema.
GNOME facilita la entrada a Linux con su catálogo de software, pero ese confort tiene un coste: por ejemplo, en un portátil de ocho años con 16 GB de RAM, el sistema debería moverse con más soltura. El lanzador a pantalla completa y las extensiones que se rompen con cada actualización pesan de más.
Windows 11 deja fuera a los equipos antiguos
Windows 11 no es una opción amable con el hardware antiguo, y esa exigencia ha llevado a muchos usuarios a mirar hacia Linux para alargar la vida de sus portátiles. Ubuntu suele ser la puerta de entrada más habitual, pero sus requisitos también han subido bastante con los años.
Cambiar el entorno de escritorio permite mantener la misma base de Ubuntu, con sus paquetes y su soporte, mientras se reduce buena parte de la carga que impone GNOME sobre el procesador y la memoria. En un equipo con memoria de sobra pero ya con algunos años de uso, esa diferencia entre lo que permite el hardware y lo que exige GNOME resulta muy perceptible en el día a día. Es una solución intermedia que no exige reinstalar nada, aunque sí implica renunciar a parte de la interfaz que Ubuntu trae de fábrica, algo que compensa en equipos que siguen usándose a diario.
Cinnamon no solo rinde mejor en Ubuntu
Al arrancar en Cinnamon, la diferencia de velocidad se nota, aunque el soporte para el compositor Wayland siga siendo experimental. Las aplicaciones abren algo más rápido, pero la mejora que más se percibe viene del propio diseño del escritorio, no solo del ahorro de recursos. Es una sensación de ligereza que se nota sobre todo en un equipo con varios años de uso.
El lanzador de aplicaciones funciona de forma parecida al menú de inicio de las versiones clásicas de Windows, así que buscar un programa no exige que la interfaz ocupe toda la pantalla como ocurre en GNOME. Las opciones de apagado tienen su propio menú, más directo que el unificado de ajustes rápidos. El resultado es que tareas cotidianas, como cambiar el volumen o buscar un archivo, se resuelven en menos pasos, algo que quienes venimos de Windows notamos enseguida por la familiaridad con ese paradigma.
Personalización sin extensiones en equipos ajustados de recursos
Cinnamon ofrece opciones de personalización de serie que en GNOME solo se pueden instalar con extensiones externas, con el riesgo de que dejen de funcionar tras una actualización mayor. Podemos descargar temas, colocar paneles en cualquier borde de la pantalla con sus propios widgets o añadir «desklets» directamente sobre el escritorio, sin depender de complementos añadidos.
Si vuestro hardware está realmente al límite y lo que buscáis es el máximo ahorro de recursos posible, Cinnamon puede no ser la mejor opción: es más ligero que GNOME, pero no tanto como cabría esperar. Entornos como Xfce o LXQT consiguen un consumo bastante más bajo, aunque a cambio de una interfaz que resulta anticuada y que prescinde de algunas comodidades modernas. En Xfce, por ejemplo, la tecla Meta ni siquiera abre el lanzador de aplicaciones ni una barra de búsqueda por defecto, lo que obliga a aprender otra forma de moverse por el sistema.
Instalar Linux Mint desde cero: la vía con más rendimiento
Reinstalar el sistema desde cero exige más tiempo: hacer copia de seguridad de los datos y volver a configurar el equipo desde el primer arranque. A cambio, evita arrastrar paquetes y procesos pensados para GNOME que ya no se van a usar una vez cambiado el escritorio. Quien disponga de ese tiempo puede optar directamente por una distribución diseñada para Cinnamon desde el origen, como Linux Mint, en vez de instalar el entorno sobre una base pensada para otro sistema.
Linux Mint incluye Cinnamon como pieza central del sistema, sin la capa adicional de paquetes base que arrastra Ubuntu. Para quien no quiera formatear el equipo, cambiar GNOME por Cinnamon sobre la instalación actual sigue mejorando la experiencia del día a día, aunque algunos servicios y paquetes heredados de la base de Ubuntu podrían seguir funcionando de fondo, algo que una instalación nativa de Cinnamon evitaría desde el primer arranque.
