Windows 11 incluye una función llamada modo Eficiencia que decide, sin pedir permiso, qué aplicaciones merecen todo el rendimiento del procesador y cuáles deben conformarse con menos. La idea es ahorrar energía, pero en la práctica puede penalizar programas que necesitamos con tareas activas, haciendo que respondan más despacio incluso cuando el equipo tiene recursos de sobra.
Esta función llegó primero a Windows 10 como modo Eco, y pasó a llamarse modo Eficiencia con Windows 11. Cuando detecta que un proceso consume demasiada CPU o memoria, le baja la prioridad a Baja y aplica la política EcoQoS, que fuerza al procesador a usar núcleos y frecuencias más eficientes.
Chrome y otros programas exigentes acaban con la etiqueta equivocada
Los ejemplos más claros aparecen en los navegadores. Google Chrome es un buen ejemplo: con varias docenas de pestañas abiertas, aplicaciones web en segundo plano y algunas extensiones activas, puede disparar su consumo de memoria y procesador sin que eso signifique ningún fallo. Muchas veces ese consumo aparece porque nosotros mismos le pedimos que trabaje así, con varias tareas abiertas a la vez.
El problema aparece cuando Windows interpreta ese consumo como un exceso y decide, por su cuenta, que el proceso no merece toda la potencia disponible. Podemos comprobarlo en el Administrador de tareas: los procesos marcados con el modo Eficiencia muestran un pequeño icono de hoja verde junto a su nombre. A partir de ese momento, la aplicación responde con más lentitud, aunque el equipo tenga margen de sobra para atenderla sin ninguna restricción. El modo Eficiencia intenta resolver, en la práctica, un problema que no siempre existe.
Cómo apagar el modo Eficiencia para un proceso
Windows 11 no ofrece un interruptor general para deshabilitar esta función en todo el sistema, pero sí permite gestionarla proceso a proceso desde el Administrador de tareas. Basta con hacer clic derecho sobre la aplicación en cuestión y buscar la opción modo Eficiencia para desmarcarla, algo que conviene revisar en cuanto notemos que un programa se ha vuelto más lento sin motivo aparente.
En algunas versiones de Windows 11, esa opción aparece atenuada cuando se aplica al proceso principal, como ocurre, por ejemplo, con Chrome. En ese caso, hay que desplegar el árbol de procesos y localizar los subprocesos que cuelgan de él, donde suele estar disponible la casilla para desactivarla en cada uno por separado. Conviene recordar, además, que este cambio no es definitivo: Windows puede volver a activar el modo Eficiencia sobre esa misma aplicación más adelante y sin avisar.
Existe otra vía para que el sistema sea menos propenso a intervenir sin que se lo pidamos: cambiar el modo de energía. Desde Configuración, en Sistema/ Energía y batería, seleccionando Mejor rendimiento en el apartado Modo de energía, le indicamos a Windows que priorice la potencia por encima del ahorro, algo especialmente útil si trabajamos con aplicaciones que exigen mucha CPU de forma habitual.
Esto no equivale a desactivar el modo Eficiencia ni actúa como un interruptor maestro, ya que la función sigue existiendo y puede activarse igualmente en momentos puntuales. Lo que cambia con este ajuste es el umbral que Windows utiliza para decidir cuándo limitar un proceso: al priorizar el rendimiento, el sistema tarda más en aplicar esa limitación, lo que se traduce en menos interrupciones para las aplicaciones que exigen recursos de forma constante. Aun así, este cambio puede notarse especialmente en aplicaciones que mantienen tareas pesadas de forma sostenida durante toda la sesión de trabajo.
Por qué también afecta a equipos con hardware de sobra
Podría pensarse que esta función solo actúa cuando los recursos del sistema escasean, pero también se activa en equipos con procesadores de varios núcleos y grandes cantidades de memoria RAM. Windows no comprueba si el cuello de botella es real antes de limitar el proceso, y aplica el mismo criterio de consumo tanto si el equipo tiene recursos ajustados como si dispone de un margen amplio de CPU y memoria.
La medida puede parecer razonable para evitar que procesos en segundo plano gasten recursos sin necesidad, pero en la práctica son a menudo las aplicaciones que sí necesitan esos recursos las que terminan marcadas con la etiqueta de Eficiencia. Mientras Microsoft no incorpore un ajuste más preciso, la única forma de evitarlo pasa por revisar el Administrador de tareas y decidir si conviene quitarle esa etiqueta verde al proceso afectado, aun en equipos recién montados con hardware de gama alta.
