Windows lleva cerca de una década comprimiendo datos en segundo plano para evitar recurrir constantemente al disco duro, una práctica que rara vez se explica con el contexto necesario. El Administrador de tareas guarda una cifra que delata cuánta memoria RAM ha pasado por ese proceso, y aprender a leerla ayuda a decidir si conviene tocar esta configuración o dejarla tal como viene de fábrica.
La función se llama compresión de memoria y trabaja de forma automática, sin que tengáis que activar nada desde ningún menú. En esta guía repasamos cómo comprobar la cifra exacta en vuestro equipo, qué hace Windows realmente con esos datos y en qué casos conviene prestarle atención antes de pensar en desactivarla.
Requisitos y compatibilidad antes de revisar la RAM
Para seguir esta guía no necesitáis instalar ninguna herramienta adicional ni activar ninguna opción oculta: la compresión de memoria es una función integrada en el propio núcleo de Windows desde hace cerca de una década, así que está presente tanto en Windows 10 como en Windows 11 en cualquier equipo doméstico u ofimático. Basta con tener acceso al Administrador de tareas, que viene incluido de serie en cualquier instalación.
No hay ningún riesgo al consultar esta información, porque solo vamos a observar una cifra sin modificar nada en el sistema. El único requisito real es disponer de un par de minutos libres y, si queréis que la cifra refleje un uso real, tener abiertas vuestras aplicaciones habituales (navegador con varias pestañas, algún editor, programas en segundo plano) en lugar de comprobarlo justo después de reiniciar el equipo. Si más adelante decidís desactivar la función, el cambio se revierte sin dejar rastro, porque no borra ni mueve ningún archivo personal: solo afecta a cómo el sistema reparte la memoria RAM mientras el equipo está encendido.
Pasos para comprobar la memoria comprimida
Para ver esta cifra en vuestro propio equipo solo hace falta seguir unos pocos pasos dentro del Administrador de tareas, la misma herramienta que muchos usan solo para cerrar programas que no responden. El proceso es idéntico tanto si veníais por curiosidad como si sospecháis que el equipo anda corto de memoria.
- Paso 1: Abrid el Administrador de tareas con el acceso directo Ctrl + Mayús + Esc o buscándolo desde el menú de inicio.
- Paso 2: Si la ventana se abre en modo simplificado, pulsad en «Más detalles» para desplegar todas las pestañas disponibles.
- Paso 3: Entrad en la pestaña «Rendimiento» y seleccionad «Memoria» en el panel lateral izquierdo.
- Paso 4: Localizad el valor «En uso» y, justo al lado, entre paréntesis, la cifra que indica cuánta memoria está «comprimida».
En un equipo con varias pestañas de Chrome y aplicaciones abiertas en segundo plano, no es raro ver algo como 9,3 GB en uso, de los cuales 409 MB figuran como comprimidos. Esa cantidad representa datos que, sin la compresión activa, habrían terminado directamente en el archivo de paginación del disco. Si repetís la comprobación en distintos momentos del día, veréis cómo esa cifra sube cuando tenéis más programas abiertos y baja cuando cerráis ventanas, lo que confirma que el sistema la ajusta de forma dinámica según la carga real del momento.
Así actúa Windows en esta función de memoria
El sistema vigila de forma continua qué páginas de memoria usáis con frecuencia y cuáles lleváis tiempo sin tocar, un seguimiento que ocurre en segundo plano sin que notéis ninguna interrupción mientras trabajáis. Cuando la RAM empieza a llenarse, esas páginas frías son las primeras candidatas a salir de la memoria activa.
En lugar de escribirlas directamente en el archivo de paginación, Windows las pasa por un compresor, las reduce aproximadamente a un 40% de su tamaño original y las guarda en un bloque reservado de la propia RAM conocido como almacén de compresión. Siguen dentro de la memoria física, pero ocupan mucho menos sitio que antes. En cuanto un programa vuelve a solicitar esos datos, el sistema los descomprime al vuelo y los entrega sin tener que esperar la respuesta del SSD, que es precisamente la parte lenta que esta técnica busca evitar. El resultado es que la memoria instalada rinde como si fuera algo más grande de lo que realmente es, sin tocar una sola línea del disco.
Qué revela la cifra comprimida de la RAM
Ese número entre paréntesis vale más que el dato de uso total, porque funciona como un termómetro de la presión que sufre vuestra memoria. La compresión solo entra en acción de verdad cuando la RAM empieza a ir escasa, así que en un equipo con memoria de sobra apenas llega a activarse.
En un equipo con 32 GB, por ejemplo, tras una jornada completa con decenas de pestañas y aplicaciones abiertas, la cifra comprimida puede quedarse en apenas 400 MB, prueba de que ahí hay margen de sobra. Si, en cambio, el Administrador de tareas muestra habitualmente varios gigabytes comprimidos, es una señal de que el sistema anda corto de espacio cómodo y recurre a esta técnica con frecuencia. No se trata de un fallo ni de un síntoma de mal funcionamiento: es la función haciendo exactamente lo que está diseñada para hacer cuando los recursos empiezan a apretar.
Por qué el impacto es mayor en procesadores antiguos
Comprimir y descomprimir páginas de memoria no es gratis para la CPU. Cada vez que el sistema necesita liberar espacio o recuperar datos comprimidos, el procesador tiene que dedicar ciclos a esa tarea, por pequeña que sea cada operación individual.
En un chip con pocos núcleos o de generaciones anteriores, ese trabajo adicional se nota más, porque hay menos margen de procesamiento disponible para repartir entre la compresión y el resto de tareas abiertas. En un Ryzen de la serie Zen 5 o en un Arrow Lake de Intel, con ocho núcleos o más, ese mismo trabajo apenas se percibe, gracias a la potencia de sobra que estos chips tienen para absorber la carga sin que notéis ninguna diferencia en el día a día. La diferencia no está en lo que hace el procesador, sino en cuánto margen le queda para hacerlo sin que el resto del sistema se resienta.
La gestión distinta entre un PC y un servidor Windows
Microsoft no publica una recomendación explícita sobre si conviene mantener la compresión activada o no, pero su configuración por defecto deja clara su postura. En las ediciones de cliente, las que corren en portátiles y sobremesas domésticos, la función viene activada de fábrica desde que llegó al sistema.
En Windows Server ocurre justo lo contrario: llega desactivada de serie. Tiene sentido, porque la memoria de un servidor la gestionan administradores que tratan el tiempo de CPU como un recurso escaso y solo activan funciones como esta cuando demuestran que compensan el coste. Un PC de consumo no recibe ese tipo de gestión manual tan fina, así que el propio sistema asume el control automáticamente y deja la compresión encendida desde el primer arranque, sin pedir confirmación ni mostrar ningún aviso durante la instalación.
Qué hacer si vuestro PC comprime varios gigabytes cada día
Si tras revisar el Administrador de tareas veis que la cifra comprimida se mantiene alta de forma constante, la tentación de desactivar la función puede aparecer enseguida. Conviene resistirla, porque apagarla no añade memoria física de la nada.
Lo que ocurre si la desactivamos es que toda esa presión recae directamente sobre el archivo de paginación en el disco, y como acceder al disco siempre es más lento que acceder a la RAM, el resultado habitual es un equipo que responde peor, no mejor. La vía que de verdad ayuda pasa por revisar qué aplicaciones consumen memoria en segundo plano sin necesidad real, comprobar si algún proceso concreto está acumulando RAM sin soltarla y, si la carga de trabajo diaria exige sistemáticamente varios gigabytes comprimidos, plantearse ampliar la memoria física instalada en el equipo.
