Hace cuestión de dos años, Microsoft era intocable. Su firme apuesta por OpenAI y ChatGPT llevó directamente a catapultarla a la segunda posición en la capitalización bursátil mundial. Donde solo NVIDIA conseguía arrebatarle el trono. Los inversores veían en Microsoft un futuro garantizado por la IA empresarial… un optimismo que parece que se ha evaporado.
En estas últimas dos semanas, las acciones de Microsoft han sufrido una caída de entre un 5 y un 7%. Y ha sido precisamente una de sus mayores rivales, Google (Alphabet) quien la ha adelantado. No es un tropezón menor. Podría convertirse en un cambio de escenario permanente dentro de Wall Street que puede afectar de manera profundo al valor de la empresa con oficinas en Redmond.
Y no solo encontramos un problema, porque cada día las dudas van sumando: Copilot no convence a las empresas. Google Gemini supera a OpenAI en benchmarks, los costes de infraestructura no garantizan beneficios… e incluso se han topado con los límites energéticos del planeta.
¿Fracaso silencioso de Copilot?
Hace tan solo dos semanas, Microsoft redujo sus objetivos de ventas para productos de IA. Una noticia que, pese a intentar que fuera lo más silenciosa posible, Wall Street no tardó en descubrir. El problema inicial lo encontramos en sus cifras. Menos del 20% de los vendedores de Azure Foundry -la plataforma de Microsoft para crear IA- ha alcanzado su objetivo de crecimiento del 50%.
Pero no hablamos de una fluctuación de mercado cualquiera. Es el secreto a voces de que Copilot no está cumpliendo con las expectativas en el mercado bursátil. Las empresas lo instalan, los empleados lo usan, pero no tardan en descubrir que el valor no justifica ese precio. De hecho, Copilot cuesta 30 dólares mensuales por usuario, una cifra que puede llegar a duplicar el coste de cualquier licencia de Microsoft 365.
Y es que sigue habiendo casos ilustrativos. Un director de informática de una conocida empresa farmacéutica canceló Copilot para 500 empleados tras su uso durante solo 6 meses. El argumento: el software era demasiado caro para lo que ofrecía. Sus funciones principales no rendían al nivel esperado, y los resúmenes de reuniones tuvieron que desactivarse porque el equipo legal se negaba a guardar transcripciones confidenciales.
El gran beneficiado: Google Alphabet
Mientras Microsoft lucha por mantener a flote Copilot, Google sigue a paso firme con su apuesta. Su modelo Gemini 3 Pro está superando a OpenAI en prácticamente todos los benchmarks: razonamiento superior, ventanas de contexto que ya alcanzan más del millón de tokens, capacidades multimodales óptimas e incluso un mejor rendimiento en matemáticas y lógica.
Pero lo más importante es que Google es dueña de toda su infraestructura. Es decir, controla sus servidores Tensor, sus modelos de IA avanzados o la integración en Google Cloud. No se puede decir lo mismo de Microsoft, que precisamente depende totalmente de OpenAI para sus modelos, pagando a la startup americana enormes sumas para poder acceder a una tecnología que la propia Microsoft no controla.
¿Desconfianza de los mercados en la infraestructura de la IA?
La realidad está golpeando muchas de las aspiraciones que se habían puesto sobre la mesa dentro del mercado de la IA. Empresas como Oracle y Broadcom han sufrido desplomes bursátiles cuando se han dado cuenta de que sus compromisos de compra no se han traducido en ingresos reales. Broadcom, una empresa que vende chips de computación, presumía de tener 73 mil millones de dólares en órdenes de clientes. Una cifra que puede resultar impresionando. Pero que también es imposible. Y es que los clientes descubrieron que no podían recibir esos chips porque sus centros de datos no tenían suficiente energía. Pides una máquina que luego no puedes usar en tu fábrica, porque esta no posee la suficiente energía.
Y como consecuencia, Broadcom ha caído un 11% en bolsa.
De igual manera, Satya Nadella ha admitido que Microsoft tiene miles de GPU guardados en almacenes porque la electricidad estadounidense no puede producir suficiente energía. Por lo que la pregunta ya ha llegado a los inversores:
Si los límites energéticos son una barrera infranqueable, ¿cómo puede seguir creciendo este negocio?
