Windows arranca por defecto desde la unidad C:, y quien haya usado alguna vez un ordenador con este sistema se habrá preguntado por qué la letra A no encabeza esa lista. La respuesta no tiene que ver con el diseño de Windows, sino con una convención que nació en los años setenta, cuando los discos duros ni siquiera existían en los ordenadores personales.
Os contamos el origen: el uso de letras para nombrar unidades de almacenamiento viene de CP/M, un sistema operativo extendido a finales de los años 70 para máquinas basadas en procesadores Intel 8080 y 8085, con 64 kilobytes de memoria como techo habitual. En CP/M y en los sistemas que se inspiraron en él, la letra A: identificaba la primera unidad de disquete y la B, la segunda. Microsoft heredó esa lógica al desarrollar MS-DOS, presentado en los años 80 como un clon de 16 bits inspirado en CP/M, y desde el primer IBM PC esa asignación quedó fijada: A: y B: eran, por definición, disqueteras.
El IBM PC de 1981 consolidó el estándar de las letras A y B
El IBM PC original, lanzado en 1981, solía venderse con dos unidades de disquete de 5,25 pulgadas, y cada una ocupaba su letra: A: para arrancar el sistema o ejecutar programas, B: para guardar datos o cargar un segundo disco. Podíamos cargar el programa desde A: y guardar nuestro trabajo en B:. MS-DOS heredó esa costumbre y la extendió a toda la familia de compatibles IBM, dejando esas dos letras ancladas a direcciones de hardware fijas en la BIOS.
No todos los fabricantes seguían este esquema. El TRS-80 de Tandy Corporation, por ejemplo, llamaba a sus disqueteras Drive 0 y Drive 1 antes de que llegara la era DOS. Pero en cuanto MS-DOS se impuso en el mercado de los compatibles IBM, el sistema de letras A: y B: para disquetes se convirtió en el estándar de facto entre esos equipos, y así siguió durante toda la década.
La unidad B fantasma en los equipos con un solo disquete
Muchos ordenadores de la época solo tenían una unidad física de disquete, pero el sistema seguía reservando la letra B: como si existiera una segunda unidad. Cuando un programa necesitaba leer o escribir en ese «segundo disco», DOS nos pedía intercambiar los disquetes en el mismo lector físico.
La mecánica era tan literal como suena: el sistema mostraba mensajes del tipo «inserte el disco origen en la unidad A… ahora inserte el disco destino en la unidad A», y así sucesivamente, obligando a sacar el disco de arranque, meter el de datos y volver a colocar el de arranque para seguir trabajando desde la línea de comandos. Ese vaivén explica por qué la letra B: seguía existiendo aunque no hubiera una segunda disquetera física: la BIOS y la placa base tenían direcciones de hardware fijas pensadas para hasta dos unidades, y DOS asignaba las letras en consecuencia.
La llegada del disco duro: la letra C entra en escena
Los discos duros empezaron a integrarse en los ordenadores personales a comienzos de los 80, cuando los disquetes seguían siendo el medio de almacenamiento dominante. El salto lo protagonizó el IBM PC XT, lanzado en 1983 como el primer modelo de IBM con un disco duro interno de serie. Como las letras A: y B: ya estaban ocupadas por las disqueteras, el nuevo disco recibió la siguiente letra disponible: la C:.
No fue una decisión aleatoria ni un simple gesto de continuidad. La BIOS y DOS no renumeraban las disqueteras existentes cada vez que se añadía hardware nuevo, y seguía siendo habitual comprar equipos con una o dos unidades de disquete además del disco duro. Por eso, mantener A: y B: fijas para las disqueteras y asignar C: al disco duro resultaba la solución más natural para encajar el hardware nuevo sin romper lo que ya funcionaba.
Por qué la costumbre sobrevivió a los disquetes
Los disquetes acabaron desapareciendo del mercado de consumo, pero la costumbre de arrancar en C: se quedó grabada en Windows. La convención se mantuvo edición tras edición, desde las primeras versiones de MS-DOS hasta las versiones actuales del sistema, y hoy seguimos viendo la unidad C: como disco principal en cualquier Explorador de archivos, sin que haga falta ninguna disquetera para justificarlo.
La razón de que la letra siga ahí no es técnica, sino de continuidad: cambiar esa asignación hubiera implicado romper una convención asentada desde los primeros compatibles IBM y heredada por todas las versiones posteriores de MS-DOS y Windows. Así que, aunque hoy compremos ordenadores sin ninguna disquetera y con unidades de estado sólido en lugar de discos duros mecánicos, nosotros seguimos utilizando la misma letra que en 1983 se asignó al primer disco duro interno de un PC compatible con IBM.
