Aunque parece que fue ayer cuando Windows 11 llegó a nuestros ordenadores, la verdad es que ya hace 5 años que lo tenemos entre nosotros, pese a que muchos tardasen un tiempo en instalarlo, ya que siempre solemos dar un margen a los nuevos sistemas, y continuamos, por costumbre, con el que teníamos.
Durante este tiempo, hemos visto grandes cambios, pese a que la mayoría de ellos, al ser progresivos, no han impactado tanto en su uso. Sin embargo, si ahora retrocediésemos esos 5 años atrás, sí que notaríamos cómo Windows 11 no es, ni de lejos, lo que tenemos actualmente.
La interfaz ha madurado (y se nota)
Al principio, Windows 11 llamaba la atención por su aspecto más limpio, pero con el tiempo no se ha quedado solo en eso. Poco a poco, Microsoft ha ido puliendo detalles que usamos todos los días: menús más claros, un explorador de archivos más cómodo o una barra de tareas que responde mejor. No son cambios que te vuelen la cabeza de golpe, pero sí de esos que hacen que todo se sienta más agradable. Es el típico caso de “no sabes lo que ha cambiado… hasta que vuelves atrás”. Si analizásemos la primera versión, con la que tenemos ahora, en dos pantallas diferentes, verías claramente de lo que hablamos.
Vivir conectado: la nube ya es parte del sistema
Hace unos años, lo de guardar cosas en la nube era opcional para muchos. Ahora es casi lo normal. Windows 11 ha ido integrando cada vez más sus servicios online, y eso se nota cuando cambias de ordenador o necesitas acceder a tus archivos desde cualquier sitio. Todo está más sincronizado: documentos, ajustes e incluso algunas apps. Sin darte cuenta, pasas de un dispositivo a otro sin apenas fricción. Además, ha servido para no perder nada al cambiar de ordenador, pues al poder restaurar, gracias a la nube, nuestro escritorio tal y como lo teníamos antes, hace que esto sea más fácil, y evita que la gente busque otros sistemas como macOS.
Un sistema más ligero de lo que parece
Aunque no siempre se hable de ello, Windows 11 también ha mejorado bastante por dentro. Con las actualizaciones, el sistema ha ido afinando su rendimiento, usando mejor la memoria y consumiendo menos recursos. Esto es algo que se agradece, sobre todo en portátiles o equipos que ya tienen unos años. Puede que no lo notes en cifras, pero sí en esa sensación de que todo va más fluido que antes, y ese ordenador que el primer día no iba nada bien con el SO, ahora, sin mejorar el hardware, lo ejecuta perfectamente, con un consumo menor de batería (en caso de portátiles).
La seguridad, cada vez más en serio
Otro cambio importante ha sido la seguridad. Desde el principio, Windows 11 ya pedía ciertos requisitos que no todo el mundo veía con buenos ojos, pero con el tiempo se ha demostrado que tenían sentido. Se han añadido más protecciones, mejoras en el acceso con reconocimiento biométrico y sistemas más eficaces contra amenazas. Todo esto funciona bastante en segundo plano, pero hace que el sistema sea mucho más fiable que hace unos años. Es por ello que los parches y actualizaciones son importantes, no solo a nivel visual o de herramientas, sino también por la seguridad.
Pequeñas funciones que cambian el día a día
Y luego están esas funciones que llegan poco a poco sin darnos cuenta, pero que acabas usando constantemente. Mejor organización de ventanas, herramientas más inteligentes o nuevas formas de interactuar con el sistema. Muchas de estas mejoras han ido apareciendo en cada actualización, así que es fácil no darles importancia hasta que no las vemos o probamos. Pero si echas la vista atrás, te das cuenta de que la forma en la que usas el ordenador hoy no es la misma que hace cinco años, pese a que creas que al final es el mismo sistema.
