Linux Mint ha desbancado a Ubuntu en las recomendaciones para dar los primeros pasos en Linux. El cambio no responde a un fallo de Ubuntu, sino a cómo ha evolucionado el resto del ecosistema de código abierto, que ha bajado aún más la barrera de entrada. Si estáis pensando en dejar Windows atrás, os contamos por qué el escritorio de Mint convence hoy más que el de Canonical y qué alternativas tenéis si buscáis otra cosa.
Esa lectura, que ha cobrado fuerza desde finales de septiembre entre los usuarios de software libre, sostiene que Ubuntu sigue siendo un sistema sólido, pero ha perdido el magnetismo que ejerció durante más de una década sobre quienes se acercaban por primera vez a Linux. Mint ha ocupado ese hueco gracias a decisiones de diseño muy concretas que facilitan la migración desde Windows.
Una valoración basada en la experiencia
No hay estudios de adopción ni encuestas detrás de este giro. La comparación nace de usar ambos sistemas de forma continuada a lo largo de los años y de comprobar qué distribución resuelve antes las dudas de quien nunca ha tocado Linux. Ubuntu conserva su solidez técnica, pero ha dejado de ser la recomendación automática que fue durante tanto tiempo.
Ese cambio de percepción no resta méritos a Canonical, que continúa desarrollando Ubuntu como una de las distribuciones más conocidas del panorama Linux. Refleja, más bien, que el resto de distribuciones ha cerrado la distancia que antes separaba a Ubuntu de todas las demás. Linux Mint, por su parte, ha capturado justo el perfil del usuario de Windows que busca una migración sin sobresaltos: la diferencia no está en qué sistema rinde mejor en pruebas técnicas, sino en cuál ofrece menos fricción el primer día de uso.
Ubuntu abrió las puertas de Linux a toda una generación
Hacia 2010, Ubuntu era la respuesta casi automática a quien preguntaba por la mejor distro Linux para principiantes. Se instalaba como cualquier sistema operativo convencional y reconocía la mayor parte del hardware sin configuraciones adicionales, algo que en aquella época distaba mucho de ser habitual en el resto de distribuciones. Incluso existían discos de instalación que se podían introducir en la unidad óptica y ejecutar sin pasos adicionales, una facilidad poco común entonces en el software libre.
El propio nombre de la distribución remite a una filosofía bantú nguni que significa «humanidad hacia los demás», una declaración de intenciones que encajaba con su vocación de acercar Linux a cualquier persona sin exigir conocimientos técnicos previos. El gran talón de Aquiles, sin embargo, era el soporte para videojuegos, entonces muy limitado, lo que empujó a algunos de esos primeros usuarios a volver a Windows en aquellos años.
Linux Mint conecta mejor con los habituales de Windows
A mediados de 2025, con el fin de soporte de Windows 10 ya en el horizonte, la búsqueda de una alternativa para alargar la vida útil de un equipo apuntaba de forma casi unánime a Linux Mint. La distribución se instala sin complicaciones, funciona desde el primer arranque y mantiene un aspecto visual muy cercano al de Windows, lo que reduce la curva de aprendizaje a prácticamente cero.
El soporte para aplicaciones cotidianas como Chrome o Steam tampoco es un problema, así que la productividad no se resiente durante la transición. Casi un año y medio después de esa primera prueba, la experiencia sigue confirmando que Mint cubre de sobra las necesidades básicas de cualquiera que llegue desde el entorno de Microsoft. El escritorio Cinnamon, además, organiza menús y accesos de forma muy parecida a la barra de tareas de Windows, de ahí que el salto resulte menos brusco que con otros entornos.
Las decisiones de Canonical que complican la bienvenida
El distanciamiento de los usuarios noveles respecto a Ubuntu no responde a fallos técnicos graves, sino a decisiones de diseño y de empaquetado que Canonical ha ido tomando con el paso de los años. La primera tiene que ver con el escritorio por defecto: volver a Ubuntu después de años de ausencia supone tropezar de lleno con GNOME, donde las barras aparecen donde no se esperan, los botones no se comportan como cabría imaginar y la sensación general es de estar peleando con el escritorio en lugar de utilizarlo con naturalidad.
Esa fricción lleva a descubrir que entornos como KDE resultan mucho más intuitivos para quien procede de Windows. Existe Kubuntu, la variante de Ubuntu que integra KDE de serie, pero la alternativa elegida en este caso fue Fedora KDE, acompañada del uso de aplicaciones en formato Flatpak. La segunda decisión que pesa es el formato de paquetes: Ubuntu apuesta por Snap, mientras que buena parte de la comunidad se ha ido inclinando por Flatpak. Para alguien que no quiere lidiar con las diferencias entre formatos de paquetes, la integración nativa de Flathub en Linux Mint resulta una ventaja que se nota desde el primer clic.
Linux Mint no es la última palabra: qué mirar después
La recomendación de Mint para principiantes no implica que sea la mejor opción en cualquier circunstancia ni para siempre. Con el tiempo, la propia distribución puede quedarse pequeña para quien busca un sistema que le plantee retos nuevos en lugar de ofrecerle «Linux con sabor a Windows», lo que explica saltos posteriores hacia distribuciones como openSUSE Tumbleweed, de ciclo de lanzamiento continuo.
Si el objetivo es encontrar un entorno familiar que facilite la transición, Linux Mint sigue siendo la recomendación principal. La elección final, sin embargo, depende de factores como el aspecto del escritorio, el soporte de vuestras aplicaciones habituales y si preferís la máxima facilidad de uso o estáis dispuestos a aprender conceptos nuevos desde el principio. Antes de instalar cualquier distribución de forma definitiva, conviene probarla en modo Live para comprobar la compatibilidad con vuestro hardware.
- Linux Mint: la opción más directa para quienes buscan un entorno similar a Windows con el escritorio Cinnamon.
- Kubuntu: la base de Ubuntu combinada con el escritorio KDE, más personalizable y de corte más tradicional.
- Fedora KDE: combina el entorno de escritorio KDE con el calendario de actualizaciones de Fedora, que suele incorporar versiones de software recientes.
- openSUSE Tumbleweed: para quienes prefieren un modelo de lanzamiento continuo y no temen las actualizaciones constantes.
Probar cada opción en modo Live antes de instalarla de forma permanente evita sorpresas con controladores gráficos o conexiones Wi-Fi, que siguen siendo los puntos donde más suele fallar la compatibilidad en un primer contacto con Linux.
